Bajo el sol abrasador del mediodía, Joseph aguardaba impaciente dentro de su Volkswagen T–36 negro como la noche. Estacionado a unos 300 metros de la majestuosa hacienda Santtorini, este acechaba entre las sombras proyectadas por un frondoso árbol. Sus ojos ávidos escudriñaban el camino de tierra que conducía a la imponente reja de hierro forjado.
La brisa traía el perfume de los jazmines, pero estaba demasiado absorto en su misión como para percibirlo. Había sobornado al dueño de la humilde ca