Joseph se encontraba en su alcoba, sentado en una silla entre un arsenal de cuchillos, pistolas y rifles. Con el ceño fruncido, afilaba uno de sus puñales favoritos, la hoja relucía a la luz de las velas.
No podía quitarse de la cabeza las palabras de su padre negándole irrumpir en la hacienda de los Romanov. Si bien Joseph sabía que su padre tenía razón, la impaciencia y la rabia bullían en su interior. No iba a quedarse de brazos cruzados mientras su hermana se casaba con uno de esos cerdos i