Eliza
El día había amanecido soleado, por fin, después de varios en los que la lluvia no dio tregua.
Bastián tampoco.
A pesar de mis intentos por ignorar su presencia, era casi imposible. Estaba ahí todo el tiempo. Su presencia se había vuelto una constante, y ya no estaba segura de cuánto más iba a poder soportar todo esto.
Había intentado mantenerme a distancia, aunque él siempre encontraba la manera de estar ahí por la mañana y al final del día, acompañándome a casa. Los regalos y las flores