Debí suponer que cuando el señor Müller decía algo, lo cumplía.
Y así fue como comenzó a aparecer. Cada maldito día.
Lo veía ahí por la mañana, parado en la vereda como una estatua tallada en arrogancia y persistencia, con una taza de café en una mano y una bolsa de panecillos o alguna otra ofrenda en la otra. A veces simplemente me miraba. Otras, intentaba decir algo, pero yo pasaba de largo con la mandíbula apretada y los auriculares puestos, fingiendo que no lo veía.
También estaba ahí cuand