Eliza
Levantarse y vivir era una mierda. Dolía.
Dolía con cada respiración, con cada minuto en que abría los ojos y recordaba que él no estaba.
Después de mi fallido intento por hablar con el señor Müller, porque me negaba a llamarlo por su nombre; no se lo merecía, había entrado en una espiral de autocompasión y tristeza que bordeaba lo patético. Y lo peor era que lo sabía. Por primera vez en mi vida, me odiaba por rendirme de esta forma.
Pero no tenía voluntad para hacer otra cosa.
No, no iba