La calma tensa había regresado al laboratorio subterráneo, una calma impuesta por la necesidad de supervivencia y la adrenalina que seguía bombeando por las venas de Elara y Kael, aunque el eco del teléfono destrozado y el pitido latente del dispositivo cifrado recordaban la amenaza constante que se cernía sobre ellos, el ultimátum de 24 horas del padre de Kael actuando como un reloj de arena que marcaba el tiempo para el enfrentamiento final.
Helena, con una eficiencia inmutable, había instala