Después de desayunar, salimos de la casa tomados de la mano y nos dirigimos hacia el local en el que ella trabaja. Le ayudo a levantar la Santamaría e ingresamos al interior. Puedo notar la felicidad dibujada en su rostro, no es que antes no lo fuera, pero ahora se ve radiante.
Mientras organiza el negocio, me siento en la silla detrás de su escritorio.
―¿Pudo usar tu computador hasta que te desocupes?
Gira la cara para mirarme por encima de su hombro.
―Por supuesto, cariño, no tienes por qu