Un mes después.
―Cariño, ¿me oyes?
Salgo abruptamente de mis pensamientos al escuchar la voz de mi esposo.
―¿Denzel?
Me observa sonriente al verme tan aturdida.
―Un centavo por tus pensamientos.
Apoya sus manos en el colchón y se inclina para darme un beso en los labios. Mi rostro arde en rubor al darme cuenta de que he sido pillada con las manos en la masa. ¡Por Dios! ¡Me estoy convirtiendo en una pervertida! No hago más que pensar en sexo. Y, ¿cómo no hacerlo? Mi prometido es el dios del