Mundo ficciónIniciar sesión(POV Diddier Montalvo)
Es la primera vez en mi carrera que una empleada logra irritarme… y fascinarme al mismo tiempo.
No debería ser posible.
Pero ahí está.
Precisa.
Impecable.
Insoportablemente perfecta.
Mi secretaria.
Durante dos años, esa mujer ha ejecutado cada orden con una eficiencia que roza lo inhumano. No comete errores. No improvisa. No duda. No se adelanta… pero tampoco llega tarde.
Está exactamente donde debe estar.
Siempre.
Y, lo más irritante de todo…
No reacciona.
A mí.
He visto a ejecutivos temblar con una sola mirada mía. He cerrado acuerdos millonarios sin levantar la voz. He sido descrito —con una insistencia absurda— como frío, calculador, inaccesible.
Incluso peligroso.
Y sin embargo…
Para ella, soy funcional.
Nada más.
Un elemento más dentro de su sistema perfectamente organizado.
Como una alarma.
Un recordatorio.
Una tarea.
Eso debería ser irrelevante.
Pero no lo es.
Porque, en algún punto que no tengo intención de identificar, su indiferencia dejó de ser profesional…
Y se volvió personal.
He probado todo.
Exigencia.
Indiferencia.
Provocación.
Silencios incómodos.
Cambios de ritmo.
Nada.
Ella responde igual.
Siempre igual.
Como si yo no existiera fuera de su agenda.
Como si no valiera la pena mirarme.
Eso… es lo que no tolero.
Porque sé que me mira.
La he sentido.
No constantemente.
No de forma obvia.
Pero sí… con precisión.
En momentos específicos.
Una pausa demasiado exacta.
Un segundo sostenido de más.
Una respiración que no coincide con el ritmo del resto.
Pero cada vez que giro la cabeza…
Nada.
Pantalla.
Trabajo.
Control absoluto.
Como si nunca hubiera pasado.
Es frustrante.
Irritantemente frustrante.
Lo suficiente como para que, en un momento de cuestionable criterio, siguiera el consejo de un psicólogo en línea.
Escriba, me dijo.
Ordene sus pensamientos.
Así que lo hice.
Una libreta de cuero.
Anotaciones breves.
Observaciones.
Hipótesis.
Conclusiones.
Ninguna satisfactoria.
Hasta ayer.
—Envíeme el informe de vulnerabilidades ahora mismo.
Mi voz fue neutra.
Precisa.
Como siempre.
El archivo llegó en segundos.
Eficiente.
Como siempre.
Lo abrí sin prestar demasiada atención.
Esperaba códigos.
Errores.
Datos.
Pero no encontré nada de eso.
Lo que encontré…
Fue a mí mismo.
No de forma literal.
Pero lo suficientemente cercano como para reconocerlo sin esfuerzo.
“Señor D”.
Leí ese nombre una vez.
Y luego otra.
Una tercera, más despacio.
Sonreí.
Lento.
Interesado.
No sorprendido.
Interesado.
Seguí leyendo.
Y cada línea confirmaba lo evidente.
Mis hábitos.
Mis gestos.
Mi forma de moverme.
De observar.
De controlar.
Detalles que nadie debería notar.
Y, sin embargo…
Ella los había convertido en lenguaje.
En narrativa.
En algo peligrosamente íntimo.
Pero no era un análisis.
Era algo más.
Mucho más.
Una construcción.
Una fantasía.
Y en ella…
Yo no era frío.
Era implacable.
Dominante.
Peligrosamente consciente de cada reacción que provocaba.
La forma en que me describía no era la de un jefe.
Era la de alguien que observa… y desea.
Cerré el documento un segundo.
Respiré.
No por impacto.
Por claridad.
Porque en ese instante entendí algo fundamental.
No le soy indiferente.
En absoluto.
Y esa certeza…
Fue profundamente satisfactoria.
Volví a abrir el archivo.
Esta vez sin prisa.
Sin distracciones.
Dejando que cada palabra hiciera su trabajo.
Como si estuviera leyendo un informe crítico.
Solo que este…
Era sobre mí.
Y sobre lo que provoco en ella.
Me levanté después.
Caminé hacia el ventanal.
No para observar la ciudad.
Para observarla a ella.
Sabía que vendría tras llamarla por el conmutador.
Siempre lo hace.
Es parte de su naturaleza.
A través del reflejo del cristal, la vi entrar.
Pálida.
Tensa.
Demasiado consciente de sí misma.
Intentando sostener una compostura que, por primera vez…
No era perfecta.
Interesante.
Dejé el documento abierto.
Visible.
Deliberadamente.
Quería que lo viera.
Quería ver qué hacía.
Esperé.
Y cuando habló…
No fue como jefe.
Fue como alguien que ya conoce la respuesta.
—¿Qué es lo que sigue?
El silencio hizo el resto.
La desarmó más que cualquier orden.
Y cuando finalmente formulé la pregunta correcta…
Todo encajó.
Su reacción.
Su respiración.
Su incapacidad de sostener el equilibrio.
No.
No era indiferencia.
Nunca lo fue.
Esa noche, escribí una sola línea en mi libreta:
"No es hielo. Es fuego contenido."
Y esta mañana…
Decidió huir.
Error.
La observé durante horas.
Evitando rutas.
Cambiando trayectorias.
Alterando su rutina con una torpeza que no le pertenece.
Intentando desaparecer dentro de su propio sistema.
Como si pudiera escapar de algo que ya ocurrió.
La dejé.
Por un tiempo.
Porque verla fallar en su propio terreno…
Es revelador.
La encontré exactamente donde sabía que terminaría.
—Sunflower.
El efecto de llamarla por su seudónimo fue inmediato.
Su cuerpo se tensó.
Su respiración cambió.
No lo disimuló del todo.
Se giró.
Y me sostuvo la mirada.
No como antes.
No completamente.
Pero tampoco se quebró.
Eso fue nuevo.
—He esperado toda la mañana.
No respondió de inmediato.
Evaluó.
Pensó.
Interesante.
—¿Dónde está mi capítulo setenta?
Su respuesta llegó con un pequeño retraso.
—Tengo un problema para escribir.
Eso sí fue inesperado.
No la excusa.
La honestidad.
Di un paso más cerca.
—¿Sí?
No retrocedió.
Ni siquiera un centímetro.
Su mirada se sostuvo.
—No es lo mismo escribir sin consecuencias —respondió, mordiendo su labio inferior de forma involuntaria—. Que hacerlo sabiendo que el protagonista está leyendo.
Ese gesto…
Innecesario.
Instintivo.
No pasó desapercibido.
El silencio que siguió fue distinto.
Más pesado.
Más consciente.
Más… real.
Así que ese es el problema.
No es falta de imaginación.
Es exceso de realidad.
—Entonces la realidad… —murmuré— está corrigiendo su historia.
No retrocedió.
No esta vez.
Y eso…
Cambió las reglas.
Me incliné apenas.
Lo suficiente para invadir su espacio.
Para alterar su respiración.
Para obligarla a sentir mi presencia.
No lo suficiente para tocarla.
Aún.
—Tenga cuidado, Sunflower.
Mi voz bajó.
Controlada.
Medida.
—Porque cuando la ficción se vuelve precisa…
Pausa.
Su respiración se volvió irregular.
—Deja de ser ficción.
Por un segundo…
Consideré romper la distancia.
Reducirla a cero.
Verificar si su reacción sería igual de contenida.
Pero no lo hice.
No aún.
Porque esto…
Esto es mejor.
Más lento.
Más calculado.
Más interesante.
Cuando nos interrumpieron, no me molesté.
Esto no es un momento.
Es un juego entre ambos.
Y apenas empieza.
Me detuve antes de salir.
—Quédese —hice una pausa deliberada—. Y termine lo que empezó.
No levanté la voz.
No fue necesario.
—Quiero ese capítulo antes de que termine el día.
Porque esta vez…
No terminé mi pensamiento.
Simplemente sonreí para mis adentros.







