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Clichés, café y una crisis existencial.

—¡Maldito tirano! —masculle entre dientes en cuanto Diddier Montalvo desapareció por el pasillo.

No sirvió de nada.

La rabia no bajó.

El aire seguía cargado, denso, como si su presencia se hubiera quedado pegada a las paredes, a mi piel… a mi maldita respiración.

Ni siquiera cuando la persona que nos interrumpió se fue, el espacio volvió a la normalidad. Todo seguía vibrando con esa tensión insoportable que él había dejado atrás, como una huella invisible.

Me llevé una mano al pecho.

Error.

Mi corazón seguía acelerado.

Demasiado.

—Genial —murmuré con ironía amarga—. Ahora también me da órdenes literarias.

Porque eso era lo más absurdo de todo.

No bastaba con que fuera un tirano corporativo.

No.

Ahora también pretendía dirigir mi novela.

Ni siquiera Silvia —mi editora, mi amiga y una mujer cuya sutileza emocional rivaliza con la de un rinoceronte en estampida— se había atrevido jamás a exigirme un capítulo de esa manera.

Y eso que Silvia sí tenía motivos.

Plazos.

Lectores.

Dinero.

Pero él…

Él lo hacía como si tuviera derecho.

Como si esa historia también le perteneciera.

Como si yo… le perteneciera.

Fruncí el ceño, molesta conmigo misma por ese pensamiento.

No.

Lo que realmente me escocía no era la presión.

Era algo peor.

Mucho peor.

El robo.

Mi identidad.

Durante dos años…

Dos malditos años…

No había sido nadie para él.

Ni nombre.

Ni rostro.

Ni presencia.

Era funcional.

Invisible.

Reemplazable.

Y ahora…

Ahora pronunciaba “Sunflower” como si siempre le hubiera pertenecido.

Como si tuviera derecho a usarlo.

A invocarlo.

A arrastrarlo fuera de las sombras.

—Estúpida… —susurré, apretando los labios.

Me lo había buscado.

Silvia había insistido, sí.

Pero yo había aceptado.

Por ambición.

Porque no quería ser una escritora más.

Quería rankings.

Lectores.

Reconocimiento.

Quería el maldito Top 1.

Y lo conseguí.

A costa de qué…

Bueno.

Ahí estaba la respuesta.

Convertida en problema.

En amenaza.

En un CEO obsesivamente atento que ahora leía cada una de mis fantasías.

Perfecto.

Simplemente perfecto.

Solté el aire con frustración y salí de la sala de archivos.

El orden impecable del lugar me recibió como una burla.

En menos de una hora había reorganizado todo.

Optimizado procesos.

Reducido errores.

Mi eficiencia era una maldición.

No tenía excusas.

No tenía escondites.

No tenía salida.

—¡Oye, tú!

La voz aguda me atravesó como una alarma mal calibrada.

Cerré los ojos un segundo.

Respiré.

No mejoró.

Me giré.

Ahí estaba.

La pasante.

La autoproclamada “amiga de la infancia”.

La presidenta honoraria del club de fans de Diddier Montalvo.

Y, por supuesto, la futura protagonista de algún drama innecesario.

Su expresión era un poema.

De esos malos.

Claramente venía de su oficina.

Claramente había sido rechazada.

Y claramente había decidido que yo era el blanco más conveniente.

Perfecto.

Justo lo que necesitaba.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunté.

Mi tono…

No fue el habitual.

Ni neutro.

Ni amable.

Ni profesional.

Fue seco.

Cortante.

Cansado.

Y completamente honesto.

La reacción fue inmediata.

Parpadeó.

Una vez.

Luego otra.

Como si no supiera procesar lo que estaba viendo.

Claro.

Nunca me había visto así.

Para ella, yo también era parte del mobiliario.

—Yo… yo… —tartamudeó.

Alcé una ceja.

Esperé.

Nada.

Solo aire.

Y nervios.

—Si no tienes nada que decir, me retiro —sentencié, girándome sin darle más importancia.

Error.

Un paso.

Solo uno.

Y entonces…

El cliché cobró vida.

Un jadeo exagerado.

Un tropiezo perfectamente cronometrado.

Un golpe.

Y cuando giré…

Ahí estaba.

En el suelo.

Justo frente a la puerta de la oficina de Diddier.

Que, por supuesto…

Se estaba abriendo.

Cerré los ojos un segundo.

Solo uno.

Porque sí.

Sabía exactamente qué iba a pasar.

Podía escribir el diálogo.

Podía anticipar el tono.

Podía incluso calcular la pausa dramática.

Y, efectivamente…

—¡No tenías por qué descargar tu frustración conmigo! —chilló ella, con una actuación digna de premio… en una obra escolar—. Solo porque Diddier te envió a archivos no significa que debas empujarme.

Lágrimas.

Temblor en la voz.

Mano en el pecho.

Perfecto.

—Él sufriría si supiera que me tratas así —continuó, elevando el volumen—. ¡Él no puede verme sufrir!

Parpadee.

Lento.

Procesando.

¿En serio?

¿De verdad estaba pasando esto?

—Estoy dentro de un cliché —murmuré, apenas audible—. Fantástico.

Si esto fuera mi novela…

El “Señor D” ya estaría interviniendo.

Defendiéndome.

Desarmando la escena.

Castigando a la villana.

Pero esto no era ficción.

Era peor.

Porque Diddier Montalvo…

No jugaba a salvar.

Jugaba a observar.

Le dedicó a la escena un segundo.

Exacto.

Ni más.

Ni menos.

Luego…

Su mirada se posó en mí.

Fría.

Directa.

Implacable.

—Me ha hecho esperar toda la mañana —dijo.

Sin elevar la voz.

Sin emoción.

Como si la chica en el suelo fuera… irrelevante.

—Desde que llegó, no ha habido nadie que me haga un café decente.

La pasante dejó de llorar.

Confundida.

Ignorada.

Desplazada.

—Y lo que es peor —continuó, sin apartar los ojos de mí—, sigo esperando el trabajo que le pedí ayer antes de salir.

Ahí estaba.

Ese era el verdadero problema.

No el drama.

No la acusación.

No la escena.

Yo.

Siempre yo.

Tragué saliva.

Lento.

Controlado.

No iba a reaccionar.

No como esperaba.

—Estoy trabajando en ello, señor Montalvo —respondí.

Mi voz volvió.

Fría.

Profesional.

Segura.

Pero mis dedos…

Se tensaron ligeramente.

Y él lo vio.

Por supuesto que lo vio.

Porque él no mira.

Analiza.

El silencio se estiró.

Incómodo.

Pesado.

—Más le vale —añadió finalmente.

No como amenaza.

Como certeza.

Giró.

Entró en su oficina.

Y la puerta se cerró.

La pasante seguía en el suelo.

La miré.

Ella me miró.

Y por primera vez…

No supe quién estaba más fuera de lugar.

Suspiré.

Cansada.

—Levántate —le dije sin emoción.

No discutió.

No gritó.

No actuó.

Simplemente se levantó.

Derrotada.

Como si, de repente, hubiera entendido algo que yo llevaba dos años intentando ignorar.

No éramos rivales.

No éramos competencia.

Éramos daño colateral.

De un hombre que no jugaba limpio.

Me giré.

Y esta vez…

No hubo interrupciones.

Caminé de regreso a mi escritorio.

Cada paso más firme que el anterior.

Porque ya lo entendía.

No iba a poder evitarlo.

No iba a poder esconderme.

Y, definitivamente…

No iba a salir de ahí sin escribir ese maldito capítulo setenta.

—Te odio —murmuré, sentándome frente a mi computadora.

Pero no estaba segura de a quién se lo decía.

Si a él.

A mí.

O a la historia que acababa de salirse completamente de control.

El cursor parpadeaba.

Esperando.

Como él.

 

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