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Quiero la continuación del capítulo

Mi mente se quedó completamente en blanco en cuanto lo escuché.

La pregunta no solo llenó la habitación… la contaminó.

Se quedó suspendida entre nosotros, densa, cargada de algo que no lograba identificar del todo. No era solo curiosidad. No era enojo.

Era algo peor.

—¿Qué es exactamente lo que planeaba hacerme?

El silencio que siguió no fue normal.

Fue pesado.

Aplastante.

El sistema de ventilación emitía un zumbido casi imperceptible, constante, como un recordatorio de que el mundo seguía funcionando… aunque el mío acabara de detenerse. Mi corazón, en cambio, no tenía ese tipo de disciplina. Golpeaba con fuerza contra mis costillas, desordenado, insistente, como si intentara huir de mí.

¿De verdad quería saberlo?

No.

No podía ser tan simple.

Diddier Montalvo no hacía preguntas sin propósito. No improvisaba. No reaccionaba: calculaba.

Esto tenía que ser una estrategia.

Una forma de presionarme.

De empujarme hasta el punto de ruptura para observar qué salía de mí.

Porque eso era lo que hacía un depredador.

Y él lo era.

Uno que no necesitaba levantar la voz para desarmarte.

Tragué saliva.

Error.

Mi garganta estaba completamente seca, y el gesto solo hizo más evidente mi nerviosismo.

Porque la verdad…

La verdad era inconfesable.

El capítulo setenta no era una escena cualquiera.

Era el punto de quiebre.

Donde el control —su control— se rompía.

Donde el “Señor D” dejaba de fingir distancia y tomaba lo que quería con una certeza peligrosa.

Cuerdas de seda.

Órdenes susurradas.

Una cercanía que no dejaba espacio para dudas… ni para huir.

Las imágenes aparecieron en mi mente sin permiso, vívidas, traicioneras.

Tuve que hacer un esfuerzo casi físico para mantenerme en pie.

Esto no estaba pasando.

No podía estar pasando.

Porque, por un instante… lo sentí.

Sentí que la realidad se deslizaba.

Que las paredes del despacho desaparecían.

Que ya no estaba en el piso cuarenta y dos de Tecnología del Futuro, sino dentro de mi propia historia.

Y él…

No era mi jefe.

Era el hombre que yo misma había creado.

Sobre todo cuando levanté la mirada.

Sus ojos estaban fijos en mí.

Pero no eran los de siempre.

No eran fríos.

No eran distantes.

Eran oscuros.

Atentos.

Peligrosamente presentes.

Me recorrieron con una lentitud que hizo que el aire se volviera insuficiente.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Abrí ligeramente los labios… y pasé la punta de la lengua sobre ellos en un intento inútil de humedecerlos.

El gesto fue mínimo.

Pero en ese silencio…

Fue un estruendo.

Su mirada descendió inmediatamente.

Directo a mi boca.

Sus pupilas se dilataron.

El azul de sus ojos quedó reducido a un borde casi eléctrico.

El miedo me golpeó de lleno.

Di un paso hacia atrás.

Necesitaba espacio.

Algo sólido.

Algo real.

La silla detrás de mí.

Cerré los ojos.

Fuerte.

Demasiado fuerte.

Oscuridad.

Respira.

Esto no es real.

No estás aquí.

No estás oliendo su perfume.

No estás sintiendo su presencia tan cerca.

Esto es un error.

Un mal sueño.

—Abra los ojos, Sunflower.

Mi nombre.

No.

Peor.

Mi seudónimo.

Mi piel se erizó.

Ese nombre nunca debía existir en este lugar.

Abrí los ojos.

Y ahí estaba.

Más cerca.

Más presente.

Más… consciente.

No se había movido demasiado, pero algo en él había cambiado.

La forma en que ocupaba el espacio.

La forma en que me miraba.

Como si ya no fuera invisible.

Como si ahora…

Me viera.

De verdad.

—En su historia —continuó, con una calma que no tranquilizaba en absoluto—, el Señor D no acepta el silencio.

Comenzó a rodear el escritorio.

Lento.

Sin prisa.

Como alguien que sabe perfectamente que no hay escape.

—Extrae la verdad —añadió—. Sin importar cuánto tenga que despojar.

Se detuvo frente a mí.

Demasiado cerca.

El calor de su cuerpo era tangible.

Abrumador.

Mi espalda se tensó.

No podía retroceder más.

—Dígame… —su voz bajó, casi un susurro que rozó mi oído—, ¿el capítulo setenta incluye una disculpa?

Mi respiración se quebró.

—¿O incluye… —continuó— la continuación de la página doce?

La página doce.

Mi estómago se hundió.

Ahí empezaba todo.

Ahí el control se rompía.

—Yo… —mi voz salió débil, traicionándome— yo puedo explicarlo…

Error.

Sonó peor.

Mucho peor.

—Es ficción —añadí rápidamente—. Solo ficción. No tiene nada que ver con la realidad.

Silencio.

Luego…

Una risa baja.

Seca.

Sin humor.

—¿Ah, no?

Su mano se levantó.

Y se detuvo en mi cuello.

No me tocó de golpe.

No.

Rozó.

Lento.

Deliberado.

Exactamente donde mi pulso estaba descontrolado.

—Es curioso… —murmuró— lo precisa que es su imaginación.

Subió apenas unos centímetros.

Mi mandíbula.

Me obligó a levantar el rostro.

A sostener su mirada.

—Conoce mis hábitos —continuó—. Mis horarios. Mis gestos.

Pausa.

—Demasiado bien.

Mi pecho subía y bajaba sin control.

—Dígame la verdad… —sus ojos se clavaron en los míos—. ¿Fue un error?

El silencio se volvió insoportable.

—¿O quería que lo encontrara?

Algo dentro de mí reaccionó.

Algo pequeño.

Pero firme.

Orgullo.

—Fue un error —dije.

Esta vez más estable.

No fuerte.

Pero firme.

—Y no volverá a ocurrir.

Respiré.

—Cerraré la cuenta. Borraré todo. Puede considerarlo resuelto.

Lo dije.

Ahí estaba.

Mi salida.

Mi rendición.

Pero él no reaccionó como esperaba.

No se enfureció.

No se apartó.

No me soltó de inmediato.

Sus ojos bajaron otra vez a mis labios.

Y el silencio…

Cambió.

Se volvió más denso.

Más cargado.

—¿Renunciar? —repitió finalmente.

Su voz era distinta.

Más baja.

Más… interesada.

Aflojó el agarre.

Pero no se alejó.

—No sea ridícula.

Mi pulso se aceleró.

—Es la mejor secretaria que he tenido.

Pausa.

—Y ahora…

Se inclinó apenas.

Lo suficiente.

Demasiado.

—Ahora sé en qué piensa mientras trabaja para mí.

Mi respiración se detuvo.

—No pienso dejar que se vaya.

Se apartó de golpe.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no hubiera cambiado absolutamente todo.

Volvió a su silla.

Se sentó.

Miró la pantalla.

Mi archivo seguía abierto.

—Vuelva a su puesto.

Orden simple.

Fría.

Profesional.

Pero ya no era lo mismo.

—Y Sunflower…

Mi cuerpo se tensó.

—Traiga el capítulo setenta mañana.

Silencio.

—Quiero ver hasta dónde llega su imaginación…

Pausa.

—Y comprobar si la realidad puede superarla.

Salí de la oficina sin sentir las piernas.

Pero ya no era solo miedo.

Eso era lo más peligroso.

Porque en algún punto…

Entre el error, la exposición y su mirada…

Algo había cambiado.

Y no estaba segura de querer detenerlo.

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