Mundo de ficçãoIniciar sessãoSalir del edificio de Tecnología del Futuro fue como atravesar una membrana invisible.
Adentro, todo era control: temperatura exacta, pasos amortiguados, decisiones que parecían inevitables. Afuera, el mundo me golpeó con un calor húmedo y ruidoso que se pegó a mi piel como si quisiera recordarme que la realidad seguía existiendo… aunque la mía acabara de fracturarse.
Seguí caminando.
No recuerdo haber decidido hacerlo.
Mis piernas simplemente avanzaron, una tras otra, mientras mi mente se negaba a abandonar el piso cuarenta y dos.
Su oficina.
Su voz.
Esa pregunta.
¿Qué es exactamente lo que planeaba hacerme?
Tragué saliva al recordarlo. Error.
La sensación volvió de inmediato, como si sus ojos siguieran sobre mí, desarmándome con la misma precisión quirúrgica con la que dirige una empresa multimillonaria.
Llegué al estacionamiento sin ser consciente del trayecto. Abrí la puerta del coche, entré y la cerré con más fuerza de la necesaria. El golpe seco retumbó en el habitáculo, obligándome a volver, al menos un poco, a mi cuerpo.
Encendí el motor.
No avancé.
Mis manos estaban sobre el volante, pero temblaban.
No era un temblor leve. Era interno, profundo, como si algo dentro de mí hubiera sido removido y aún no encontrara su lugar.
Respira.
Inhala.
Exhala.
Nada cambió.
Solté el aire con frustración y, finalmente, salí del estacionamiento. No recuerdo el ticket, ni la barrera, ni al guardia. Solo, de pronto, estaba en la avenida principal, rodeada de una fila interminable de luces rojas que se reflejaban en el parabrisas como si fueran señales de advertencia.
Todo se sentía… distante.
Pero mi mente no.
Mi mente estaba atrapada en un solo instante.
En una sola palabra.
Sunflower.
No “secretaria”.
No “señorita”.
No “usted”.
Mi seudónimo.
Mi refugio.
Mi identidad más real… pronunciada por la única persona que jamás debía conocerla.
Apreté el volante con más fuerza.
—Esto es un error… —murmuré.
Pero incluso para mí sonó débil.
Porque el error ya había ocurrido.
Y ahora solo quedaban las consecuencias.
El camino a casa fue un vacío funcional. Semáforos, giros, frenos. Todo sucedió sin que realmente lo procesara. Mi cuerpo sabía qué hacer.
Mi mente no.
Cuando finalmente estacioné frente a mi edificio, apagué el motor y me quedé quieta.
Mirando el tablero.
Los números.
La luz tenue.
Un minuto.
Dos.
Más.
No tenía idea de cómo había llegado.
Subí al departamento con la sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar. Como si una parte de mí hubiera quedado atrapada en su oficina… y otra estuviera intentando fingir normalidad.
Al entrar, el silencio me recibió.
Demasiado limpio.
Demasiado absoluto.
Mi refugio.
El lugar donde Sunflower existía sin consecuencias.
Ahora se sentía expuesto.
Como si las paredes supieran.
Como si él pudiera atravesarlas con solo pensarlo.
Cerré la puerta con seguro.
Dos veces.
Dejé las llaves.
Me quité los tacones, uno a uno, sintiendo cómo el alivio físico contrastaba con el caos interno.
Me llevé la mano al cuello.
Ahí.
Justo donde su cercanía había sido más evidente.
No me había tocado realmente… y aun así, mi piel lo recordaba.
Eso fue lo que más me alteró.
Me quité la blusa con rapidez, como si deshacerme de la tela pudiera borrar la sensación. Me cambié por algo más cómodo, más neutro, algo que no perteneciera a esa versión de mí que él había visto.
O descubierto.
O reclamado.
No sabía cuál era peor.
Caminé hasta mi escritorio.
Abrí la laptop.
Pantalla en blanco.
Respiré hondo.
Y escribí:
CAPÍTULO 70
El cursor parpadeó.
Tic.
Tic.
Tic.
Esperando.
Exigiendo.
Desafiando.
Apoyé las manos sobre el teclado.
Nada.
Intenté pensar en la escena. En la estructura. En el ritmo.
En el “Señor D”.
Pero cada vez que lo hacía…
Aparecía él.
No una versión idealizada.
No una figura difusa.
Él.
Su mirada fija.
Su voz baja.
La forma en que había reducido el espacio entre nosotros sin necesidad de imponerse.
La manera en que había dicho mi nombre.
No.
Mi seudónimo.
Cerré los ojos.
Intenté escribir.
Una línea.
Un gesto.
Un inicio.
Pero las palabras se sentían incorrectas. Artificiales.
Porque ya no estaba inventando.
Estaba recordando.
Y eso lo cambiaba todo.
El bloqueo no era falta de ideas.
Era exceso de realidad.
—No… —susurré, retirando las manos.
Cerré la laptop de golpe.
El sonido rompió el silencio del departamento como una declaración.
Me recargué en la silla, pasándome una mano por el rostro.
Esto se me estaba saliendo de las manos.
Y lo peor…
Era que una parte de mí no quería detenerlo.
El pánico fue mi despertador.
Abrí los ojos antes de que sonara la alarma, con la certeza incómoda de que no había escapatoria.
Hoy tendría que verlo.
Hoy tendría que enfrentarlo.
Y no tenía un capítulo setenta.
Llegué a la oficina más temprano de lo habitual.
Demasiado temprano.
El edificio aún no estaba completamente despierto, y por un momento pensé que podría esconderme dentro de esa quietud.
Error.
Por primera vez en dos años, rompí mi rutina.
No preparé su café.
No revisé su agenda en persona.
No crucé la puerta de su despacho.
Me quedé en mi estación, moviéndome lo menos posible, usando correos en lugar de interacciones directas.
Evitando.
Yo.
La mujer que controlaba todo.
Evitando.
—Señorita, el director Montalvo la está buscando.
La voz me tomó por sorpresa.
Sonreí automáticamente.
—Estoy revisando unos archivos —mentí sin dudar.
La jefa de marketing asintió y se marchó.
Mi pulso se disparó.
Una hora.
Dos.
Tres.
Lo evité.
Hasta que cometí un error.
Fui por agua.
El pasillo estaba vacío.
Demasiado.
Di la vuelta hacia los ascensores privados—
Y entonces.
Una mano firme rodeó mi brazo.
El movimiento fue rápido.
Controlado.
Sin violencia.
Pero imposible de ignorar.
Mi espalda chocó contra la pared.
Fría.
Sólida.
Real.
Él estaba ahí.
Cerca.
Demasiado cerca.
El aroma a sándalo me envolvió al instante.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—¿Archivos? —su voz era baja, con un matiz de diversión que no tranquilizaba—. Interesante especialización.
Traté de bajar la mirada.
No me lo permitió.
Dos dedos bajo mi mentón.
Suaves.
Firmes.
—Míreme.
Esta vez… dudé.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Luego lo hice.
Y sostuve su mirada.
Ese fue mi error.
O tal vez no.
Sus ojos no eran los de siempre.
—He esperado toda la mañana, Sunflower.
Mi respiración se tensó.
—¿Dónde está mi capítulo setenta?
Podía mentir.
Podía huir otra vez.
Pero algo dentro de mí… se negó.
—No está terminado —dije.
Mi voz no era fuerte.
Pero tampoco tembló.
Silencio.
Él no se apartó.
—¿No? —murmuró.
Se inclinó apenas.
—Qué curioso.
El espacio entre nosotros desapareció.
Pero esta vez…
No retrocedí.
—No es lo mismo escribir sin consecuencias —añadí— que hacerlo sabiendo que el protagonista está leyendo.
Sus ojos cambiaron.
Apenas.
Pero lo suficiente.
Interés.
Real.
—Entonces —dijo, más bajo—, ¿la realidad le está complicando la ficción? La está haciendo más… precisa.
No sé de dónde salió eso.
Pero no lo retiré.
El silencio que siguió fue distinto.
Más denso.
Más peligroso.
—Tenga cuidado —murmuró, acercándose un poco más—. A veces, cuando la ficción se vuelve precisa…
Pausa.
Su mirada descendió apenas.
Luego volvió a la mía.
—Deja de ser ficción.
Mi pulso se disparó.
Pero no me moví.
No esta vez.
Y eso…
Lo notó.
Porque su expresión cambió.
Solo un poco.
Pero suficiente.
El juego había cambiado.
Y por primera vez…
Yo no estaba huyendo.







