Piero recostó a Nerea sobre la cama y la observó. Espero que lo invadiera el pánico, que aquella voz insidiosa a la que le gustaba decirle que tarde o temprano la iba a lastimar hiciera acto de presencia; pero eso nunca sucedió.
Nerea consumía todos sus pensamientos. La había deseado desde hace mucho tiempo y al fin ella iba a ser suya.
—¿Piensas quedarte allí toda la noche? —preguntó Nerea con la misma insolencia que lo había tratado el día que la conoció.
Devoró sus labios y se alejó con un