“¡Suéltame, imbécil! ¡Te dije que me sueltes!”
Lorenzo ni siquiera se inmutó ante sus gritos mientras arrastraba a Celeste fuera del hospital, ignorando por completo las miradas de las personas que pasaban. Su paciencia había llegado al límite, y Celeste la estaba poniendo a prueba con cada palabra, con cada movimiento.
Llegaron al estacionamiento del sótano, donde las luces fluorescentes y tenues proyectaban sombras largas sobre el piso de concreto. Finalmente, Lorenzo la soltó, y Celeste lo f