Lorenzo entró en el ascensor, con un café recién hecho en la mano y el teléfono pegado al oído. Su expresión era inexpresiva, calmada, afilada, la imagen perfecta de un hombre que nunca deja que nada se le escape.
Al otro lado de la llamada, la cálida voz de don Gómez se escuchaba entre crujidos.
“¿Así que has vuelto a Del Fierro para quedarte?”
Lorenzo presionó el botón del ascensor con el pulgar. “No exactamente, don Gómez. Tomará meses… pero no para siempre.”
Una carcajada satisfecha. “Tengo