CAPITULO DOS

**POV de Valeria**

—Te encontré.  

La voz sonó suave en medio del caos que sentía en el pecho.  

Parpadee. Mi respiración seguía atrapada entre el miedo y la sorpresa mientras unos brazos fuertes me sostenían contra un cuerpo firme. El viento había dejado de rugir.  

Habíamos caído, pero no habíamos tocado el suelo.  

—¿Estamos a salvo? —pregunté en voz baja.  

—Suéltame —susurré, aunque no tenía fuerzas para resistirme.  

En lugar de soltarme, la desconocida aterrizó con ligereza, como si la tierra la recibiera en lugar de resistirse.  

Fue entonces cuando vi su rostro bajo la luz de la luna. Su cara me resultaba demasiado familiar. Mis ojos se abrieron de par en par.  

—Tú… —Mi voz se quebró—. Tú eres…  

—La que te vendió el veneno —terminó ella con calma.  

Camila se tensó a mi lado al instante y me agarró con fuerza.  

—Valeria —susurró con urgencia—. Es ella.  

Por supuesto que lo sabía. Nunca olvidaré esa cara. Esos ojos serenos y esa expresión tranquila e indescifrable.  

La mujer inclinó la cabeza hacia mí, estudiando como si fuera algo que había estado esperando.  

—Me llamo Luciana —dijo—. Y si quieres seguir viva, vendrás conmigo.  

Justo entonces un gruñido resonó desde arriba. Eran los lobos. No habían caído; estaban rodeándome y esperando. Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.  

—Es hora de decidir —dijo Luciana sin mirar hacia arriba.  

Camila se acercó más a mí.  

—No la conocemos —susurró.  

—Pero no tenemos elección —respondí en el mismo tono.  

Porque era verdad: no teníamos elección.  

Miré de nuevo a Luciana. Había algo en ella que me inquietaba, pero no lograba identificarlo. Lo que más me llamaba la atención era lo calmada y compuesta que estaba, como si no le temiera a nada. Ni siquiera a la muerte.  

—Muévete —ordenó, ya girándose.  

Y, sin saber cómo, mi cuerpo obedeció.  

Luciana nos guió a través de un estrecho corte en el acantilado, oculto bajo gruesas enredaderas y rocas irregulares. Apenas se veía a menos que supieras exactamente dónde mirar. Pero ella, por supuesto, lo sabía.  

Nos detuvimos en una cavidad debajo del acantilado. Estaba oscuro, húmedo y escondido.  

Mi respiración seguía irregular mientras me apoyaba contra la fría pared de piedra. Mis piernas por fin empezaban a rendirse.  

Camila, en cambio, se mantuvo cerca de mí, con el cuerpo tenso y los ojos clavados en Luciana, lista para atacar si era necesario.  

Luciana se agachó cerca de la entrada y pasó los dedos ligeramente por la tierra. Luego se detuvo.  

—No nos encontrarán aquí —dijo.  

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Camila con brusquedad.  

Luciana la miró como si buscara las palabras adecuadas.  

—Porque este lugar enmascara el olor —respondió—. Y ahora mismo las dos apestáis a miedo y a veneno.  

Se hizo el silencio.  

—¿Nos seguiste? —pregunté lentamente, como si no esperara respuesta.  

Los labios de Luciana se curvaron levemente.  

—Os ayudé —contestó.  

—Me vendiste el veneno —la corregí, con la voz más firme ahora.  

Su mirada se encontró con la mía.  

—Sí —dijo—. Y soy la razón por la que aún no estás muerta.  

Camila soltó un bufido.  

—O la razón por la que estamos en peligro desde el principio.  

Luciana no reaccionó. Solo nos observó, como si estuviera midiendo algo.  

—Podéis iros si queréis —dijo con calma—. Pero no os lo recomiendo por razones de seguridad.  

Justo entonces otro aullido lejano atravesó la noche. Esta vez estaba más cerca.  

Me dejé caer lentamente, con la espalda contra la pared, mientras el agotamiento me golpeaba de golpe.  

Estábamos vivas… por ahora. Pero mi mente no dejaba de recordarme todo lo que había pasado.  

**FLASHBACK**  

Recordé la primera vez que Beatriz, mi madrastra, me llamó maldita.  

—Mataste a tu madre —dijo con una voz suave pero cruel. Sonreía mientras lo decía.  

Yo tenía solo quince años y estaba destrozada por la muerte de mi madre. Después de que mamá muriera en un terrible accidente de coche, mi padre se casó con Beatriz dos años después para intentar escapar del duelo. Beatriz era madre soltera de una hija: Rocío.  

—Naciste con mala suerte, Valeria —continuó, quitando un polvo invisible de mi vestido—. Nada bueno saldrá jamás de ti —me maldijo.  

Le creí, porque nadie me había dicho lo contrario.  

Beatriz y su hija Rocío nunca me trataron como a un ser humano. Ese maltrato solía ocurrir cuando mi padre no estaba; en su presencia siempre me colmaban de cariño.  

Ni siquiera mi padre decía nada. Solo permanecía en silencio.  

**EN EL BOSQUE**  

—Estás sangrando —la voz de Luciana me sacó de mis recuerdos.  

Bajé la mirada y vi que tenía el brazo arañado y magullado, pero apenas lo notaba comparado con todo lo demás que había soportado.  

—Estoy bien —murmuré.  

Aun así, se acercó. Sus dedos flotaron sobre mi piel, pero no me tocó.  

—Parece que tienes un alto umbral del dolor, por eso ni siquiera lo notas —murmuró—. Eso es interesante.  

Camila se interpuso entre nosotras de inmediato.  

—No la toques —advirtió.  

Luciana arqueó una ceja.  

—No pensaba hacerlo —dijo.  

Pero algo en su tono hizo que se me apretara el pecho.  

Aparté la mirada porque todavía no confiaba en ella… y tal vez nunca lo haría.  

El rechazo volvió a reproducirse en mi cabeza, como si nunca se hubiera ido.  

**FLASHBACK**  

—Te rechazo, Valeria Vargas —la voz del Alfa Gael resonó en el salón donde se celebraba el baile de la manada.  

Aquél día casi se me doblaron las rodillas.  

El lazo que se rompió dolió como si algo dentro de mí se estuviera desgarrando lentamente.  

Y aun así no grité ni lloré. Solo me quedé allí y lo acepté todo.  

Luego él se giró y tomó a Rocío de la mano.  

Su sonrisa había sido triunfante.  

No dudó ni un segundo.  

—Te acepto, Alfa Gael —dijo.  

Y la multitud aplaudió. Yo estaba rota, traicionada.  

Una lágrima se me escapó por la mejilla antes de que pudiera detenerla, pero la sequé rápidamente. Me había jurado a mí misma no volver a llorar por ellos.  

—Bebe —la voz de Rocío resonó en mi memoria.  

Siempre había sido mandona y superior a mí, incluso cuando no tenía por qué serlo. Tenía todo lo que siempre había querido.  

Después de graduarme de la universidad a los veinte años, fue una desgracia que aún no hubiera sentido a mi loba. Rocío había sentido la suya a los dieciocho. Yo sospechaba que su madre, Beatriz, había usado poderes oscuros para suprimir a mi loba y hacer brillar la de su hija.  

Por eso me resultaba imposible tener un compañero: estaba atrapada siendo una Omega sin loba.  

Todos en La Manada Colmillo de Sombra me evitaban y me llamaban “Jin”, porque creían que estaba maldita.  

Por eso me emocioné tanto cuando conocí al Alfa Gael. Tenía la esperanza de que me eligiera como su Luna reina, porque era un Alfa audaz y lleno de carisma.  

Por eso me devastó tanto que el Alfa Gael me rechazara y eligiera a mi hermanastra Rocío.  

Me sentí traicionada porque sabía que Rocío era consciente de que tenía más posibilidades de conseguir un mejor compañero que yo. Aun así, decidió quitarme el mío.  

En medio de todo, el Alfa Gael declaró que me quedaría con él porque era hermosa y serviría como criadora de hijos.  

Acepté la oferta sin dudarlo, solo para poder escapar de mi hogar tóxico.  

Unos meses después de llegar a La Manada Colmillo de Sombra, descubrí que estaba embarazada. Me sentí tan feliz, pensando que el desprecio del Alfa Gael terminaría porque llevaba a su heredero. Pero me equivoqué. Él nunca se preocupó ni me miró.  

Empecé a notar las miradas de envidia innegable de Rocío, la forma en que ponía los ojos en blanco cada vez que pasaba por el pasillo. Sabía que estaba planeando algo.  

Incluso las criadas lo notaron. Y escuché un chisme de mi doncella personal: Rocío había amenazado con “arreglarme”.  

Intenté evitar a Rocío hasta el día en que nos encontramos en las escaleras y ella me bloqueó el paso.  

Recuerdo ese momento con claridad.  

—No sabía que estabas embarazada —dijo con voz ligera y casi divertida.  

Me quedé helada.  

—¿Cómo? —pregunté, fingiendo no entender.  

—¿De verdad creías que no me enteraría? —preguntó.  

Mi mano se movió instintivamente hacia mi vientre, protectora y aterrorizada.  

—No te preocupes —añadió con suavidad, acercándose—. Yo lo arreglaré.  

Esa fue la última frase que escuché antes de que me empujara escaleras abajo.  

El dolor explotó en mi cuerpo mientras caía rodando.  

Mi cabeza golpeó algo duro y todo se volvió borroso.  

Luego oí su risa. Mis criadas vinieron a rescatarme y me llevaron corriendo al hospital.  

En el hospital me trasladaron a la UCI. Cuando desperté, solo estaban Camila y mis criadas. Ni rastro del Alfa Gael. Me sentí destrozada.  

—Señora —dijo la voz del doctor Krís, el médico de la manada.  

—Hicimos un examen general —continuó—. Para asegurarnos de que estuviera bien, y salió excelente: no hay lesiones internas —concluyó.  

—¿Y mi cachorro? —pregunté con la voz llena de miedo.  

El médico dudó antes de hablar.  

—Lo siento, perdimos al cachorro por la caída. Tuvo un aborto, señora —me dio la devastadora noticia.  

**EN EL BOSQUE**  

Todo mi cuerpo tembló, no de miedo esta vez, sino de rabia.  

—Me lo quitaron todo… —susurré para mí misma.  

Camila se arrodilló a mi lado al instante y me tomó la mano.  

—Sigues aquí —dijo con suavidad.  

—Apenas —respondí.  

—No —insistió ella—. Sobreviviste.  

Dejé escapar un aliento tembloroso.  

¿Era eso lo que estaba haciendo? Porque no se sentía como vivir. Se sentía como esperar el siguiente dolor.  

—Yo dejé mi manada —la voz de Luciana rompió el silencio.  

Levanté la mirada. Ahora estaba sentada frente a nosotras, con la postura relajada y la mirada distante.  

—Mis padres querían matarme —continuó.  

Camila frunció el ceño.  

—¿Por qué? —preguntó.  

Luciana dudó un momento y luego habló:  

—Una profecía —dijo.  

La palabra quedó suspendida en el aire, pesada.  

—¿Qué clase de profecía? —pregunté.  

—Que yo destruiría todo lo que ellos habían construido —respondió en voz baja.  

Se hizo el silencio.  

Camila cruzó los brazos.  

—Qué historia tan conveniente —dijo, claramente sin creerle.  

Luciana se encogió de hombros con ligereza.  

—Creedlo o no. Ya os he contado mis penas.  

La observé con atención. No parecía que estuviera mintiendo… pero tampoco parecía que estuviera diciendo toda la verdad.  

—Los escuché —continuó—. Hablando de acabar conmigo antes de que me convirtiera en una amenaza para la manada.  

—¿Entonces huiste? —pregunté.  

Asintió de inmediato.  

—He estado huyendo desde entonces.  

Algo en eso me resultaba familiar, como mi propia historia. Pero, a diferencia de mí, Luciana no parecía rota. Más bien parecía paciente.  

—Descansad un poco —dijo, poniéndose de pie—. Nos movemos al amanecer.  

—¿Adónde? —preguntó Camila.  

Luciana nos miró por encima del hombro.  

—A mi manada —respondió. Mi corazón se hundió.  

—La Manada del Viento Sombrio —añadió.  

Camila y yo intercambiamos una mirada.  

—Pero ¿cómo vas a volver a un lugar donde te están cazando? —preguntó Camila.  

—Porque estoy cansada de huir y ahora estoy lista para enfrentarlos, sea cual sea el resultado —contestó con mucha confianza.  

Esto era otro riesgo, pero quedarnos allí no era una opción.  

—Está bien —dijo Camila a regañadientes.  

Luciana asintió una vez y se dio la vuelta.  

Y así, sin más, todo quedó decidido.  

Me recosté contra la pared y cerré los ojos un momento. Todo mi cuerpo me dolía, pero mi mente no dejaba de dar vueltas. Todo se me venía encima de golpe: el rechazo, la traición, la pérdida, la huida… y ahora Luciana.  

La misma chica que me vendió el veneno era la misma que me había salvado.  

Aunque no confiaba en ella, tal vez necesitaba su ayuda.  

Abrí los ojos lentamente y la observé. Su sombra permanecía quieta cerca de la entrada de la cueva, silenciosa, como si estuviera esperando algo… o a alguien.  

Entonces una extraña sensación se instaló en mi pecho. Me sentía inquieta, como si algo no estuviera bien… o como si algo estuviera por llegar.  

Y por primera vez desde que escapamos, me di cuenta de algo que me heló la sangre.  

Quizá no habíamos escapado en absoluto.  

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