—No vale la pena, Alex—. Me agarró con fuerza y me hizo retroceder un paso.
—Sí, Alex, escucha a la zorra—. Mitch sonrió satisfecho. Dios, quería arrancársela de la cara de un puñetazo.
—Vamos. La voz de Cristal era firme mientras lo ignoraba.
Cada parte de mí ansiaba desatarse contra Mitch. No tendría ninguna oportunidad. Por fin aprendería a no meterse conmigo ni con lo que es mío. Estaba a segundos de hacerlo yo también. Pero al oír la voz de Cristal supe que, si lo hacía, huiría despavorida