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Alex y yo nos quedamos en el tejado durante una hora más o menos antes de que mi culo no aguantara más. El áspero techo se clavaba en mi trasero haciéndolo más que incómodo, y apuesto a que Alex estaba pensando lo mismo que yo.

Cuando por fin me levanté, juré haber oído a Alex murmurar —gracias a Dios— en voz baja, lo que me hizo reír en voz baja. Caminando hacia el borde del tejado por encima de mi venta

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