La luz del sol entraba filtrada por los visillos del gran ventanal de la habitación. Era un resplandor cálido, pero Mariam no lo sentía así. Sus ojos se abrieron lentamente, desorientados por un momento, como si esperara ver su pequeño apartamento en Bélgica y no la fastuosa cama con dosel cubierta de sábanas de algodón egipcio. El techo tenía molduras doradas. Las paredes estaban cubiertas de seda azul y marfil. No había fotos, ni libros en desorden, ni un solo rastro de su vida anterior. Nada