Los días siguientes se convirtieron en un torbellino de tensión palpable. Las miradas furtivas y los murmullos en la oficina eran como un ruido de fondo constante, un murmullo que se intensificaba con cada jornada. Se decía, casi a voces, que yo podría ser una mejor gerente que Lotte, y esa comparación, aunque halagadora, se sentía como una pesada losa sobre mis hombros. La presión aumentaba, y a veces me preguntaba si todos estaban esperando que cometiera un error. A pesar de todo, decidí mant