El trayecto de vuelta fue un descenso a un silencio asfixiante. El único sonido en el interior del Jeep era el rítmico golpeteo de la lluvia contra el techo y el zumbido de la calefacción, que no lograba quitarle a Valeria el frío que sentía en los huesos. Ella mantenía la mirada fija en sus propias manos, entrelazadas sobre su regazo; todavía podía sentir la textura de la piel de Anastasia, una frialdad cadavérica que parecía habérsele pegado como una mancha.
El asiento trasero, antes ocupad