Zoe
Si la alta sociedad neoyorquina tenía un templo, ese era el comedor principal de la mansión Miller. La mesa de caoba pulida parecía medir un kilómetro de largo, flanqueada por candelabros de plata y vajilla de porcelana de Limoges.
Allí estábamos, reunidos para la cena de ensayo informal previa a los preparativos oficiales. Un choque de universos que amenazaba con hacer colapsar la estructura misma del lugar.
A un lado de la