El aire helado de la noche en la terraza parecía haberse congelado tras las crípticas palabras de Christopher. Me quedé de pie junto a la balaustrada de mármol, intentando asimilar la densidad de su mirada y el peso de su advertencia. El viento nocturno traía consigo el eco lejano de la velada que se desarrollaba en el interior de la mansión: el tintineo sutil de las copas de cristal, el murmullo de las conversaciones diplomáticas y, sobre todo, el sonido cálido que hacía que mi pecho se apreta