Zoe
Eran pasadas las once de la noche cuando la puerta del baño de la suite de mis padres se abrió con un chasquido casi imperceptible. Yo estaba frente al espejo, en pijama de seda blanca, lavándome la cara después de una jornada agotadora intentando turistear con dos campesinos que insitieron en caminar por todo Manhattan a pie.
Al levantar la mirada hacia el cristal, el corazón se me salió del pecho.
Alexander estaba allí,