—¿Por qué no hablas? —preguntó Gabriela.
Rodrigo, jugando con su hijo en sus brazos, replicó: —¿Decir qué?
El caso de Alfredo no era gran cosa. Un par de días dentro lo harían reflexionar.
Esta vez, no había actuado impulsivamente como antes, lo que mostraba su madurez.
No necesitaba que otros se preocuparan por él.
—Come bien.
Rodrigo le pasó a ella la sopa que ella le había servido: —Toma, tú bebe.
Gabriela no quería y se la devolvió: —La serví para ti, bébela.
Y añadió: —Tienes que terminárte