Volví a recogerlos y salir a cenar.
Yolanda ya había preparado las cosas que Mateo necesitaba.
También el cochecito de Mateo, que debía ir en el maletero.
Rodrigo le pidió al conductor que cargara las cosas en el coche.
Él tomó a Mateo de los brazos de Gabriela.
Mateo tenía la piel blanca y era muy lindo.
Besó la mejilla de su hijo.
Mateo sonrió con la boca abierta.
Mostrando ocho pequeños dientes blancos, ¡como granos de arroz!
Gabriela le limpió la saliva.
—¡Ay!
Rodrigo preguntó: —Gabi, ¿la bo