—¡Realmente no sé nada, por favor, déjenme ir! —suplicó la enfermera, arrodillada en el suelo.
Felipe comentó: —Ella es muy terca, no quiere decir nada.
Rodrigo miró con desdén a la enfermera, su rostro frío lleno de burla: —¿Terca? No creo que exista una boca que no se pueda abrir en este mundo. Si no se abre, es solo porque no se está utilizando el método correcto.
Felipe asintió: —De acuerdo, déjamelo a mí. En diez minutos, haré que hable.
Hizo una señal: —Vengan...
—¡Yo hablaré, yo hablaré!