La mujer, agotada hasta el alma, cedió al fin. Sus ojos, pesados de cansancio y de lágrimas contenidas, se llenaron de una gratitud silenciosa que no necesitaba palabras. Se retiró con pasos lentos, arrastrando los pies como si cada uno le costara el peso de toda una vida. Cerró la puerta con suavidad, dejando a Rómulo solo con Ana en el cuarto pequeño del fondo.
El silencio cayó denso, casi sagrado, roto solo por la respiración irregular de la niña y el golpeteo lejano de la lluvia contra la lá