Tom no fumaba, al menos así se lo repetía a sí mismo.
Era un hábito enterrado en los recovecos de su pasado, un vicio que había jurado abandonar durante sus años universitarios, cuando la realidad de su adicción le había golpeado con fuerza.
Sin embargo, ahora se encontraba al borde del abismo una vez más.
El estrés, ese monstruo voraz, era el único catalizador que podía empujarlo hacia el tabaco.
Cuando las presiones de la vida apretaban con fuerza, cuando los exámenes finales se cernían amena