La mañana siguiente amaneció gris y nublada en Sicilia, como si el cielo reflejara el estado de ánimo de Marcus. Había pasado una noche intranquila, su mente atormentada por las revelaciones del día anterior. Con pasos pesados, bajó las escaleras hacia el comedor, esperando encontrar la villa vacía y poder lidiar con sus pensamientos en soledad.
Sin embargo, al entrar en el amplio salón, se detuvo en seco. Allí, sentados a la mesa, estaban Antonella y Leonardo, sus rostros mostrando una mezcla