Los días en la villa De Luca se habían convertido en una tortura silenciosa para Maya. El llanto constante del bebé de Miranda resonaba por los pasillos, un recordatorio cruel de lo que había perdido. Cada sollozo del pequeño era como un puñal en su corazón, reavivando el dolor por su propio hijo.
Una mañana particularmente difícil, Maya no pudo soportarlo más. Salió de su habitación, hasta la habitación de Miranda a pesar de lo prometido a su padre. La puerta estaba entreabierta, y lo que vio