Maya seguía aferrada a Dan mientras sollozaba, permitiendo que su calidez la envolviera como un bálsamo.
En medio del torbellino de emociones que la embargaba, su presencia era como un faro en la oscuridad.
—Gracias por estar aquí, Dan —murmuró contra su pecho— No sé qué haría sin ti en estos momentos.
—Aquí estoy para ti, Maya —le aseguró él, estrechándola con fuerza— No estás sola.
Maya alzó el rostro para mirarlo a los ojos, conmovida por la sinceridad que vio en ellos.
Por un instante, se