Maya observaba con los ojos desorbitados por el terror cómo las grandes manos de Marcus se cerraban como tenazas de acero en torno al cuello de su madre. Los dedos del hombre se hundían en la carne con una fuerza letal, asfixiando lentamente a Rita.
La mujer forcejeaba desesperadamente, su rostro adquirió rápidamente una peligrosa tonalidad rojiza mientras luchaba por llevar aire a sus pulmones. Sin embargo, Marcus parecía consumido por la ira y el resentimiento.
—¡Marcus, detente! —El grito de