En la isla, Maya contemplaba el atardecer desde la terraza de la pequeña cabaña, aquel lugar paradisíaco se había convertido en su infierno personal, cada rincón le recordaba a su hijo perdido.
—¿Disfrutando de la vista, querida? —la voz burlona de Marcus la sobresaltó,
él se acercó por detrás, rodeando su cintura con brazos firmes. Maya se tensó ante su contacto, pero no se apartó.
—¿Por qué, Marcus? —susurró con un tono de voz que delataba su infinita tristeza— ¿Por qué me torturas así? ¿No