La lluvia amenazaba con caer desde el amanecer, pero aún no lo había hecho. El olor a tierra húmeda flotaba en el aire, mezclado con el hierro de la sangre seca y el hollín de las casas quemadas.
Tras la llegada de los lupinos sobrevivientes, la aldea se hallaba sumida en una mezcla de alivio y duelo. Las hembras que reencontraron a sus compañeros corrieron a abrazarlos, las lágrimas y los sollozos mezclándose con palabras de gratitud. Pero algunas permanecieron quietas, los ojos recorriendo lo