Alade*
El sol apenas había tocado el horizonte cuando Aaron fue llevado a toda prisa hacia el centro del campamento. Su cuerpo se agitaba en espasmos incontrolables, el rostro teñido de un rojo enfermizo, y el lugar de la mordida ahora de un púrpura profundo latía como si tuviera vida propia. Alade lo sostenía con fuerza, sus dedos entrelazados con los de él, como si aquel gesto pudiera impedir que se afastase de la vida.
Los lupinos rodearon su cuerpo, tensos, formando un círculo a su alrede