96. Por sorpresa.
Por sorpresa.
Fue cuestión de un solo segundo, tal vez uno muy largo, uno en el que Franco alcanzó a ver con claridad cómo de la mano del ave salía algo violento y morado.
Aun así no logró identificarlo con claridad; lo único que pudo razonar de aquello es que la luz le iba a golpear en cualquier momento. Sabía que tenía que saltar, pero una extraña inmovilidad lo invadió y, de no ser porque las fuertes manos del transformista se apoyaron en su pecho y lo empujaron, aquella luz lo hubiera golpeado.
Cayó de espalda sobre el pasto, pero no se hizo daño porque el suelo estaba lleno de pasto seco y muerto. Donde el haz de luz había golpeado se creó una enorme montaña de hielo con púas que se extendían en todas direcciones.
— Ya estoy harto de ustedes — gritó el Rey Cuervo — . Estoy cansado. Voy a matarlos a todos, voy a matarlos ahora.
Se abalanzó directamente hacia donde estaba Francisco, pero el transformista logró evitar el corte de su filoza ala que dejó un surco de tierra movida en