88. Presagios.
Estiré la mano y tomé el anciano por el hombro.
— ¿Qué es lo que está pasando? — le pregunté.
Pero él parecía bastante conmocionado.
— Tengo que hablar primero con El Alfa — dijo.
Y yo sentí un extraño calor que me subió a la cara. Bajé al pequeño Axel de mi regazo para poder enfrentar la situación con el anciano.
— No — le dije — . Dímelo ahora, dimelo a mí. Se supone que soy yo, se supone que son los análisis de mi sangre. Tengo el derecho a saber.
— Sí, pero mi Alfa me dijo cualquier cosa que sucediera tenía que comunicárselo a él.
— Entonces vamos los dos — le dije.
Comencé a caminar prácticamente arrastrandolo hacia la casa, pero un instante antes de entrar volteé a mirar hacia atrás, los tres niños ahí afuera en el patio, expuestos. Pero no pensé que llegará a pasar algo grave, imaginé que estarían bien, sobre todo con Nicolás convertido en aquel enorme lobo.
Llegamos a la casa y subió al anciano por las escaleras. Ni siquiera me tomé la molestia de tocar un par de veces