83. Bienvenido al aquelarre de hielo
La forma en la que el transformista hablaba le ponía los pelos de punta a Franco. Parecía que nada se lo tomaba completamente en serio, ni un carácter que imaginó era todo lo contrario a lo que llegó a suponer que sería un transformista. Era risueño y, al parecer, buena persona.
Cuando salieron de la habitación en la que lo tenían encerrado, Franco descubrió que ni siquiera era una celda; solamente era una habitación cualquiera. Los vampiros con los que se topó por los pasillos eran bastante normales, prácticamente imposibles de distinguir de un humano normal. Tal vez simplemente la única forma de distinguir que no eran humanos convencionales era por las pálidas miradas, que eran aún más pálidas.
— ¿Son tan blancos porque son vampiros o son tan blancos porque no salen? — le preguntó al transformista.
El vampiro sonrió levemente.
— Un poco de ambas, supongo. Sobre todo para los vampiros con sangre más pura. Nuestras raciones de sangre no son, ya sabes, suficientes.
— ¿Cómo lo hacen