76. El precio de la sangre
Ni siquiera el mismísimo Franco fue capaz de comprender las palabras que estaba diciendo Maximiliano. Los observó detenidamente, como si se hubiera vuelto loco, porque en efecto así parecía.
— ¿Un aquelarre? — preguntó.
Y su Alfa asintió con una sonrisa.
— Claro que sí, un aquelarre, como lo estás escuchando. Creo que es la mejor opción.
— No sabía que hubiera uno en la pradera.
Comenzamos a avanzar por el césped hacia la casa nuevamente.
— Lo hay. Estuvieron en guerra cuando el papá de mi