75. Pactos en la oscuridad.

La noche había caído con fuerza cuando salimos de la enorme casa de la hacienda. Franco estaba por ahí y, cuando nos vio caminar hacia la pradera, se unió a nosotros.

— ¿Todo está bien? — preguntó.

Yo le conté mi plan superficialmente y el muchacho simplemente se limitó a caminar en silencio un rato, pero cuando estábamos a punto de llegar a las celdas nos detuvo.

— Probablemente no funcione. Si a nuestro Alfa le tomó unos cuantos minutos descomponer ese líquido, ¿qué nos hace pensar siquiera que en una segunda generación podría funcionar? Tal vez, en el instante en el que entre en su cuerpo, su enorme fuerza va a diluirlo y no va a pasar nada.

— Lo sé — dijo Maximiliano — , pero es un riesgo que estoy dispuesto a enfrentar. Le dolerá, y mucho, pero si eso puede traerlo de regreso a su forma humana, entonces vamos a intentarlo.

El muchacho asintió. Luego apoyó una mano en mi hombro mientras descendíamos por los pasillos de las celdas.

— ¿Cómo estás? — me preguntó.

Suspiré.

— M
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