57. La Confesión en la Nieve
El dolor fue lo primero que sentí al instante, tan fuerte que me inmovilizó. Cuando abrí los ojos, estaba en un blanco absoluto, tan blanco. Abrí los ojos por completo, intentando acostumbrarme a la luz que estaba segándome. Lo primero que vi fue la cara ensangrentada de Axel encima de mí.
— ¿Estás bien? — me preguntó.
Y yo no sabía qué contestarle. Extendí mis manos y tomé su pequeño rostro.
— Estás sangrando — le dije.
Pero el niño me apartó las manos.
— Es la sangre de mi lobo, per