57. La Confesión en la Nieve
El dolor fue lo primero que sentí al instante, tan fuerte que me inmovilizó. Cuando abrí los ojos, estaba en un blanco absoluto, tan blanco. Abrí los ojos por completo, intentando acostumbrarme a la luz que estaba segándome. Lo primero que vi fue la cara ensangrentada de Axel encima de mí.
— ¿Estás bien? — me preguntó.
Y yo no sabía qué contestarle. Extendí mis manos y tomé su pequeño rostro.
— Estás sangrando — le dije.
Pero el niño me apartó las manos.
— Es la sangre de mi lobo, pero ya me curé. Pues… los lobos nos curamos rápido. Pero tú… ¿estás herida?
Levanté la cabeza y observé mi cuerpo. Estábamos en un agujero hecho de nieve, un enorme agujero de unos cuantos metros de diámetro; seguramente habíamos aplastado la nieve cuando habíamos caído. El cuerpo del lobo de Axel había recibido todo el impacto, y por eso yo había sobrevivido. Y él… bueno, era un lobo de raza superior; imaginé entonces que un golpe como ese no era mortífero.
Cuando miré hacia abajo, hacia donde