101. La persecución.
De un fuerte aleteo, el Rey Cuervo desapareció por el horizonte, dejando una brisa cálida que despeinó el cabello del vampiro. Franco lo tomó por los hombros y lo hizo levantarse. Pero ninguno corrió.
— ¿ya podemos irnos? — dijo Franco.
— No podemos irnos sin Isabel, sin la muestra del suero inhibidor. Tenemos que regresar.
— No podemos regresar ahí. Te lo dije — dijo el vampiro — Ya viste lo que puede hacer. Va a ir por el aquelarre. Va a ir por las trillizas. Tenemos que ir a advertirles.
— Y lo haremos. Claro que lo haremos. Vamos a advertirles. Pero no podemos dejar a Isabel ahí. Viste lo que le están haciendo.
— Y si tal vez el Cuervo necesita la sangre de la niña, si la lanza a un pozo de agua hirviendo, ¿sus huesos se deshagan? ¡Claro que no! no voy a permitirlo. Regresa — le dijo con determinación — Francisco, regresa al aquelarre. Cuida de los tuyos; esa es tu responsabilidad. Rescatar a Isabel es la mía. Avísales. Después de que rescate a la niña, regresaré a mi manada