El día en que fui a visitar a mi madre, tomé una decisión firme y clara: le dejé en claro que no volvería a presentarme ante ella hasta que Misha me perdonara. Le advertí que la próxima vez que cruzara su umbral, sería en compañía de mi verdadera prometida.
Aún puedo recordar con claridad la expresión de sorpresa y enojo en sus ojos, viendo cómo su rostro se tornaba carmesí de indignación ante mi decisión tajante, pero ya estaba decidido: su acto intencionado de hacerle daño había dejado una m