Elevé la mirada al cielo con lágrimas en los ojos. Él no comprendía lo difícil que era para mí. Tal vez la normalidad no estaba hecha para personas manchadas como yo. Más tarde esa noche llamó para disculparse por haberme presionado. Sonreí, pero la presión en el pecho no disminuía.
Lo invité a cenar al día siguiente. Cuando llegó se lo veía raro, como si no supiera qué hacer. Sin pensarlo, lo besé una vez y otra, y no me detuve. Su jadeo de sorpresa fue reemplazado por una pasión que mantenía