La penumbra roja de las luces de emergencia transformaba la estrecha cabina del ascensor en una cámara de claustrofobia y peligro inminente. El metal aún resonaba por la sacudida violenta de los frenos magnéticos. En medio del silencio sepulcral que siguió al impacto, el único sonido constante era la respiración entrecortada de Alessia y el latido firme, sorprendentemente pausado, del pecho de Dante contra su mejilla.
El brazo de hierro del magnate la mantenía rodeada por la cintura, aplastando