Mundo ficciónIniciar sesiónEl edificio de Thorne Enterprises era una torre colosal de acero negro y cristal tintado que se alzaba en el corazón del distrito financiero de la ciudad, cortando el cielo gris como una aguja gótica moderna. Su arquitectura era el reflejo exacto de la mente de su dueño: imponente, fría, desprovista de cualquier adorno innecesario y diseñada para intimidar a cualquiera que se atreviera a cruzar sus puertas giratorias de vidrio.
Alessia de la Vega se bajó de un taxi frente a la entrada. No llevaba su habitual coche deportivo; sentía que ya no tenía derecho a usarlo. Vestía un traje de sastre negro que pertenecía a su hermana Bianca. Le quedaba ligeramente grande en los hombros, pero la hacía lucir más alta, más severa. Se había recogido el cabello en un moño tenso y pulido, imitando el estilo de su hermana, y se había pintado los labios de un rojo oscuro, casi como una armadura de guerra para disimular el temblor de su boca.
El vestíbulo del edificio era un espacio cavernoso de mármol negro pulido donde los pasos de Alessia resonaban con un eco metálico. Los empleados se movían de un lado a otro como hormigas en un hormiguero perfectamente organizado, todos vistiendo trajes oscuros y expresiones serias.
Alessia subió por el ascensor privado de cristal hasta el piso cincuenta, el ático donde se encontraba el despacho del director general. A medida que el ascensor ascendía, la ciudad se encogía bajo sus pies, transformándose en un laberinto de concreto y autos minúsculos. Sintió que se dirigía directamente al Olimpo, donde un dios implacable la esperaba para dictar su sentencia.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la secretaria de Dante, una mujer de mediana edad con una expresión tan eficiente como una computadora, la guió sin decir palabra hacia una enorme puerta de madera lacada en negro.
La secretaria llamó suavemente y luego abrió la puerta, permitiendo el paso de Alessia.
El despacho de Dante Thorne era un espacio de minimalismo absoluto. No había cuadros de colores, ni fotos familiares, ni plantas. Todo era una sinfonía de grises, negros y metal. Un gran ventanal de piso a techo ofrecía una vista panorámica de trescientos sesenta grados de la metrópolis. Detrás de un escritorio de cristal templado y soporte de acero, Dante estaba de pie, mirando hacia la ciudad con un vaso de agua mineral en la mano.
Al escuchar los pasos de Alessia, Dante se giró lentamente.
La luz del mediodía que entraba por el ventanal perfilaba su silueta, haciéndolo parecer aún más alto y dominante. Su traje gris marengo de tres piezas estaba cortado a medida con una precisión milimétrica, marcando sus hombros anchos y su postura erguida. Su rostro, de facciones aristocráticas y angulosas, no mostraba la más mínima sorpresa al verla. Sus ojos grises, fríos como el acero de un bisturí, la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose por un segundo en el traje que le pertenecía a Bianca.
—Vaya —la voz de Dante, un barítono profundo y gélido, rompió el silencio de la habitación—. No esperaba a la princesita de la Vega en mis oficinas. ¿Te has perdido de camino a alguna boutique de lujo, Alessia?
Alessia tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba por la humillación sutil de sus palabras. Caminó hacia el escritorio con toda la dignidad que pudo reunir, negándose a dejarse intimidar por la imponente presencia física del hombre.
—Sé por qué se iba a casar mi hermana contigo, Dante —dijo ella, con la voz firme, aunque por dentro sus nervios eran un manojo de hilos tensos—. Sé lo que mi padre le hizo a tu familia. Y sé que tienes el poder de destruirnos el lunes por la mañana.
Dante dejó el vaso sobre el escritorio con un golpe seco que hizo que Alessia diera un respingo imperceptible. Se acercó a ella con pasos lentos y felinos, deteniéndose a escasos centímetros. Su altura obligó a Alessia a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El olor de su colonia, una mezcla de cuero, madera de cedro y un toque metálico de lluvia, la envolvió por completo, resultando casi embriagador.
—¿Y qué pretendes hacer al respecto? —preguntó Dante, curvando la comisura de sus labios en una sonrisa fría que no tenía nada de amigable—. Tu padre es un criminal cobarde que se escondió detrás del vestido de su hija mayor. Y tú... eres solo una niña mimada que no sabe lo que es ganarse un centavo en la vida. No tienes nada que ofrecer que me interese, Alessia. La caída de tu familia está escrita.
Alessia sintió que la rabia vencía al miedo. Dio un paso hacia adelante, acortando aún más la distancia entre ambos, hasta que pudo ver los sutiles destellos dorados en el iris gris de los ojos de Dante.
—Te equivocas —dijo ella, con una determinación que la sorprendió a sí misma—. Tienes el contrato de matrimonio de mi hermana sobre tu escritorio. El apellido de la Vega sigue teniendo peso social, y necesitas esa unión para consolidar tu control sobre la junta directiva de los de la Vega antes de la fusión. Bianca ya no está. Pero yo sí.
Dante arqueó una ceja, y una chispa de genuina curiosidad —y desprecio— brilló en sus ojos.
—¿Me estás ofreciendo reemplazar a tu hermana? —preguntó, con un tono de incredulidad gélida—. Bianca era inteligente, refinada, una mujer que sabía cómo comportarse en una junta de accionistas. Tú eres un desastre caprichoso que gasta miles de dólares en zapatos y hace berrinches cuando la champaña no está a la temperatura adecuada. No sirves para ser mi esposa, Alessia.
Las palabras de Dante dolieron, pero Alessia no retrocedió. Sabía que esta era su única oportunidad para salvar a sus padres de la cárcel y el deshonor.
—Puedo aprender —respondió ella, apretando los dientes—. Seré lo que tú quieras que sea. Firmaré el acuerdo. Me sentaré a tu lado en las cenas, sonreiré a las cámaras y fingiré que soy la esposa perfecta. A cambio, congelarás las deudas de mi padre y detendrás el embargo de la mansión.
Dante la observó en silencio durante un largo y agónico minuto. La tensión en el despacho era tan densa que parecía que el aire se podía cortar con un cuchillo. Él rodeó el escritorio, se sentó en su silla de piel negra y cruzó las manos sobre la superficie de cristal, mirándola como un juez que sopesa la vida de un acusado.
—Si firmas esto, Alessia, tu vida de niña mimada se habrá terminado —advirtió Dante, con una voz que prometía un infierno privado—. No habrá más fiestas, no habrá más tarjetas ilimitadas, ni viajes espontáneos. Vivirás bajo mis reglas, en mi casa, y harás exactamente lo que yo te ordene. Serás mía en papel y ante el mundo, un peón en mi tablero. ¿Estás segura de que puedes soportar el frío de mi mundo?
Alessia miró fijamente al hombre que representaba la ruina de su pasado y el único boleto de salvación para su futuro. Inspiró profundamente, sintiendo cómo el último rastro de su inmadurez se evaporaba en el aire acondicionado de la oficina.
—Trae el contrato, Dante —dijo ella, extendiendo la mano con firmeza—. Veamos quién de los dos se quiebra primero.







