Inicio / Romance / El Verdugo de mi Corona / Capitulo 1 - La jaula de cristal
El Verdugo de mi Corona
El Verdugo de mi Corona
Por: J.C.
Capitulo 1 - La jaula de cristal

El sol de la tarde se filtraba a través de los inmensos ventanales de arco de la mansión de los de la Vega, proyectando destellos dorados sobre el suelo de mármol pulido. En el centro del vestidor principal, un espacio que parecía más una boutique de alta costura de París que una habitación, Alessia de la Vega contemplaba su reflejo con un mohín de insatisfacción. Tenía veintiún años, una melena castaña que le caía en cascada sobre los hombros y la firme convicción de que el mundo entero había sido diseñado para complacer sus caprichos.

—No me gusta el rosa empolvado, Bianca. Me hace parecer una taza de porcelana barata —protestó Alessia, cruzándose de brazos mientras daba un golpe seco con su tacón de diseñador contra el suelo—. ¿Por qué tengo que llevar este vestido a la cena de gala de los Thorne? Es aburridísimo.

A pocos pasos, su hermana mayor, Bianca, suspiró con suavidad. Bianca era el epítome de la elegancia y la compostura. A sus veinticuatro años, poseía una gracia serena que Alessia, en su torbellino de impulsividad y risas ruidosas, jamás había logrado imitar. Bianca se acercó, ajustando con dedos delicados el tirante del vestido de su hermana menor.

—Es una cena de etiqueta, Alessia. No puedes ir vestida como si fueras a un festival de música en Ibiza —dijo Bianca con una sonrisa paciente, esa que siempre usaba para aplacar las rabietas de su hermana—. Además, es una noche importante para papá. Y para mí.

—Tú te casas con el gran monstruo corporativo, no yo —replicó Alessia, rodando los ojos—. Aún no entiendo cómo aceptaste esto. Dante Thorne parece un iceberg con traje de tres piezas. He visto fotos suyas en las revistas de finanzas y juro que sus ojos podrían congelar el agua a distancia. Es aterrador.

Bianca apartó la mirada por una fracción de segundo, un gesto tan rápido que Alessia, ocupada en mirarse las pestañas en el espejo, no alcanzó a notar. Cuando Bianca volvió a alzar la vista, su expresión era una máscara perfecta de tranquilidad.

—Dante es... un hombre de negocios. Este compromiso es lo mejor para ambas familias —respondió Bianca con voz queda, casi mecánica.

—Para las familias, claro. Papá y sus malditas alianzas —refunfuñó Alessia, dejándose caer dramáticamente sobre el diván de terciopelo—. A veces siento que vivimos en el siglo diecinueve. Agradezco ser la menor. Al menos a mí nadie me obliga a vender mi libertad por un apellido. Papá me mima demasiado para hacerme eso.

Era verdad. Arthur de la Vega adoraba a su hija menor. Alessia era su alegría, la niña consentida a la que nunca se le negaba nada, desde tarjetas de crédito sin límite hasta viajes espontáneos por Europa con sus amigos. Bianca, en cambio, siempre había sido la heredera del deber, la hija perfecta que cargaba con las expectativas de un apellido que pesaba toneladas.

De repente, la puerta del vestidor se abrió y Arthur de la Vega entró. Su rostro, habitualmente severo pero imponente, lucía inusualmente pálido. Tenía ojeras marcadas y sostenía un vaso de whisky con un pulso ligeramente tembloroso. Al ver a sus dos hijas, forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Mis dos hermosas niñas —dijo Arthur, acercándose para besar la frente de cada una—. Alessia, deja de molestar a tu hermana. Hoy es un día crucial.

—Papá, dile que no me obligue a usar este vestido de monja —pidió Alessia, poniendo su mejor cara de niña desvalida, un recurso que siempre le funcionaba con él.

Sin embargo, esta vez Arthur no se rió. Su mirada se desvió hacia Bianca, un intercambio silencioso y tenso que Alessia no supo descifrar. Había una sombra de desesperación en los ojos de su padre, una tensión que parecía flotar en el aire de la mansión desde hacía meses, aunque todos se esforzaran por ocultárselo a la menor de la casa.

—Usa lo que quieras, Alessia —dijo Arthur con voz ronca, acariciando su cabello—. Solo... asegúrate de comportarte esta noche. Los Thorne son personas muy particulares, y Dante no tolera los retrasos ni las frivolidades.

Alessia bufó, pero no insistió. No entendía por qué todos actuaban como si caminar sobre cáscaras de huevo fuera una obligación sagrada frente a Dante Thorne. Al final del día, era solo un hombre rico más. Ella estaba acostumbrada a que los hombres ricos hicieran lo que ella quería con solo una sonrisa. Lo que Alessia no sabía, protegida en su jaula de cristal de lujos y caprichos, era que el mundo exterior ya no era seguro, y que la tormenta que se avecinaba estaba a punto de romper el cristal en mil pedazos.

La cena de gala transcurrió como un desfile de máscaras de la alta sociedad. Para Alessia, el evento fue un ejercicio absoluto de aburrimiento. Mientras los meseros servían copas de champaña de miles de dólares, ella observaba desde la distancia a su hermana y a su prometido.

Dante Thorne era, en efecto, todo lo que los rumores decían de él. Alto, de hombros anchos y facciones esculpidas en piedra, dominaba cualquier habitación en la que entrara. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y sus ojos, de un gris tormentoso, analizaban a todos a su alrededor con una fría precisión matemática. Alessia notó que, a pesar de estar al lado de Bianca, Dante apenas sonreía. Su cortesía era un arma afilada; cada palabra que pronunciaba parecía calculada para intimidar o dominar.

—Parece que está planeando una invasión militar en lugar de una boda —le susurró Alessia a su copa de champaña.

—Cállate, Alessia —murmuró su madre, Victoria de la Vega, dándole un suave codazo—. Mantén la compostura. Esto no es uno de tus clubes nocturnos.

Al terminar la cena, los invitados se dispersaron por los jardines de la propiedad de los Thorne. Alessia, harta del aire acondicionado y de las conversaciones hipócritas sobre acciones y fusiones, se escabulló hacia el invernadero. Sin embargo, antes de llegar, escuchó voces provenientes de un pasillo lateral de la mansión. La puerta estaba entreabierta y la curiosidad, su eterno defecto, la obligó a detenerse.

—El trato está cerrado, Arthur —la voz gélida de Dante Thorne resonó en el pasillo, enviando un escalofrío involuntario por la columna de Alessia—. Pero no te equivoques. Este matrimonio es la única garantía de que tu apellido no sea arrastrado por el fango mañana mismo.

—Lo sé, Dante —la voz de su padre sonaba rota, humillada, desprovista de toda la autoridad que Alessia siempre le había conocido—. Bianca cumplirá con su parte. Ella es una mujer responsable. Solo te pido que... seas justo con ella. Ella no tiene la culpa de nada.

—La justicia es un concepto muy relativo en los negocios, Arthur —replicó Dante, y hubo un deje de desprecio tan puro en su tono que Alessia contuvo el aliento—. Asegúrate de que no haya retrasos con la firma de los documentos de transferencia la próxima semana. Tu hija será mi esposa, y con eso, vuestra deuda quedará saldada a mis ojos. Por ahora.

Alessia dio un paso atrás, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. ¿Deuda? ¿Qué deuda? ¿Su padre, el gran Arthur de la Vega, estaba siendo extorsionado por Dante Thorne? ¿Y por qué Bianca aceptaba aquello con tanta sumisión?

Antes de que pudiera procesar la información, escuchó pasos que se acercaban. Corrió de regreso al salón principal, sintiendo por primera vez una opresión en el pecho que no pudo quitarse en toda la noche.

De camino a casa, en el asiento trasero de la limusina, Alessia observó a su hermana. Bianca miraba por la ventana, con la frente apoyada en el cristal húmedo por la llovizna. Parecía tan frágil, tan distante de la imagen de perfección que siempre proyectaba.

—Bianca —susurró Alessia, extendiendo la mano para tocar la de su hermana. Estaba helada—. ¿Estás bien? ¿Por qué estás haciendo esto realmente? No tienes que casarte con él si no quieres. Podemos hablar con papá, podemos...

Bianca se giró lentamente y forzó una sonrisa cálida, aunque sus ojos estaban empañados por una profunda tristeza. Apretó la mano de su hermana menor con cariño.

—Alessia, mi dulce y consentida hermanita —dijo con suavidad—. Hay cosas de los adultos que no entiendes. Mi deber es proteger a esta familia. Y lo haré, sin importar el costo. Solo prométeme una cosa.

—¿Qué? —preguntó Alessia, con un nudo en la garganta.

—Que pase lo que pase, nunca perderás esa alegría tuya. No dejes que este mundo tan gris te cambie. Sigue siendo libre por las dos.

Alessia no supo qué responder. Sintió rabia por la madurez implacable de su hermana, por su propia incapacidad para ayudar y, sobre todo, sintió un miedo irracional hacia Dante Thorne. Deseó con todas sus fuerzas que esa boda nunca se llevara a cabo. Pero el destino, cruel y caprichoso, estaba a punto de cumplir su deseo de la peor manera posible.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP