Mundo ficciónIniciar sesiónTres días después de la cena, el ambiente en la mansión de los de la Vega era insoportable. Arthur apenas salía de su despacho y los rumores en los círculos financieros empezaban a filtrarse como agua en un barco que se hunde. Solo Alessia parecía vivir al margen de la tormenta, aunque la inquietud no dejaba de rondarle la cabeza.
Era una tarde tormentosa de viernes. El cielo se había teñido de un gris plomizo y la lluvia golpeaba con fuerza contra los cristales. Bianca tenía programada una reunión de última hora en las oficinas de los Thorne para firmar unos anexos del contrato prenupcial.
—No vayas, Bianca —le suplicó Alessia, bloqueando la puerta principal con los brazos abiertos—. Mira cómo está el clima. Las carreteras hacia la ciudad son peligrosas con esta lluvia. Puedes reprogramar esa estúpida reunión para el lunes. Dante Thorne no se va a morir porque firmes unos papeles dos días más tarde.
Bianca, que ya llevaba puesto su elegante abrigo de paño beige, sonrió con ternura y le dio un suave golpecito en la nariz a Alessia, como solía hacer cuando eran niñas.
—Dante odia la impuntualidad, ya lo sabes. Y cuanto antes termine con este papeleo, antes podré descansar el fin de semana —explicó Bianca, colocándose los guantes de piel—. Además, el chofer conducirá despacio. Estaré bien, Alessia. No seas tan dramática.
—No soy dramática —protestó Alessia, haciendo un puchero—. Es solo que... tengo un mal presentimiento. Quédate. Podemos ver películas y comer helado en mi habitación, como antes.
Bianca se detuvo por un momento. Sus ojos reflejaron un anhelo inmenso, una nostalgia de los días en que sus únicas preocupaciones eran decidir qué película ver. Se acercó a Alessia y le dio un fuerte abrazo, un abrazo que se sintió inusualmente largo, casi como una despedida.
—Te quiero mucho, pulga —le susurró Bianca al oído—. Recuerda siempre lo que te dije. Sé feliz.
—Y yo a ti, boba. Ve con cuidado —respondió Alessia, deshaciendo el abrazo con una sonrisa a medias.
Alessia vio a su hermana salir por la puerta principal bajo el paraguas que sostenía el chofer. Bianca subió al asiento trasero del sedán negro de la familia. El auto encendió los faros, que cortaron la neblina gris del jardín, y avanzó lentamente por el sendero pavimentado hasta perderse de vista tras la gran reja de hierro de la propiedad.
Alessia se quedó de pie junto a la ventana del salón durante un largo rato, observando la lluvia caer en hilos ininterrumpidos. Para aplacar su ansiedad, decidió subir a su habitación y refugiarse en su mundo de comodidades. Encendió la televisión, se puso sus auriculares de diseñador a todo volumen y se perdió en las redes sociales, ignorando el rugido de los truenos que hacían vibrar los cimientos de la casa.
Pasaron las horas. El reloj de pared de su habitación marcó las ocho de la noche, luego las nueve. Bianca ya debería haber regresado.
De repente, un relámpago cegador iluminó la habitación, seguido casi de inmediato por un trueno ensordecedor que hizo que la luz eléctrica parpadeara y luego se apagara por completo, sumiendo la mansión en una penumbra fantasmal. Alessia se quitó los auriculares, molesta por el corte de energía. Fue en ese instante, en medio del silencio repentino de la tormenta, cuando escuchó un grito desgarrador proveniente de la planta baja.
Era la voz de su madre. Un grito lleno de una agonía tan pura que heló la sangre de Alessia al instante.
Alessia bajó las escaleras corriendo, casi tropezando con los bordes de sus pantuflas de seda. Su corazón latía a un ritmo desbocado, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. El vestíbulo de la mansión estaba iluminado únicamente por las luces de emergencia y los relámpagos que entraban por el gran ventanal.
Allí, de pie junto a la consola del teléfono fijo, su madre estaba de rodillas en el suelo, sollozando sin control, con las manos cubriéndose el rostro. Arthur de la Vega estaba a su lado, inmóvil como una estatua de sal. El auricular del teléfono colgaba del cable, balanceándose lentamente en el aire como un péndulo de mal agüero.
—¿Papá? ¿Mamá? ¿Qué pasa? —preguntó Alessia, con la voz temblorosa, deteniéndose a mitad de la escalera.
Arthur se giró muy despacio. Alessia nunca había visto a su padre con ese aspecto. Parecía haber envejecido diez años en un solo segundo. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre, y sus labios temblaban sin poder articular palabra.
—Papá, me estás asustando. ¿Dónde está Bianca? —exigió Alessia, sintiendo que el pánico se apoderaba de su garganta, asfixiándola.
—Bianca... —la voz de Arthur se quebró, un hilo de voz ahogado por las lágrimas—. Hubo un accidente, Alessia. En la autopista del norte. Un camión de carga perdió el control por el asfalto mojado y... el coche de Bianca...
Arthur no pudo terminar la frase. Se derrumbó sobre sus rodillas al lado de su esposa, abrazándola mientras ambos se sumían en un llanto desgarrador.
Alessia se quedó congelada en el escalón. El mundo a su alrededor pareció perder el sonido, la luz y el sentido. Las palabras de su padre flotaban en el aire, pero su mente se negaba a procesarlas. Un accidente. Bianca. No era posible. Su hermana perfecta, su protectora, la persona que hacía solo unas horas la había abrazado y prometido que todo estaría bien, no podía haber desaparecido.
—No... no es verdad —susurró Alessia, dando un paso atrás—. ¡Es mentira! ¡Bianca está con Dante! ¡Debe estar con él en su oficina! ¡Voy a llamarla!
Corrió hacia el teléfono, apartando a su padre con una fuerza que no sabía que poseía. Marcó el número de Bianca con dedos torpes que no dejaban de temblar. Una, dos, tres veces. Solo el frío tono de voz del buzón de voz la recibió.
—¡Contesta, boba, por favor contesta! —gritó Alessia, las lágrimas comenzando finalmente a desbordarse de sus ojos, nublándole la vista—. ¡No me hagas esta broma!
La realidad la golpeó como un impacto físico cuando las luces de una patrulla de policía y de una ambulancia tiñeron de rojo y azul las paredes del vestíbulo a través de los cristales del jardín. A través de la lluvia, los oficiales se acercaban a la puerta con expresiones solemnes y sombreros empapados.
Alessia se dejó caer contra la pared, deslizándose hasta el suelo. El dolor que sintió en ese instante fue tan agudo que sintió físicamente cómo algo dentro de su pecho se rompía. Su burbuja de cristal, su mundo perfecto de niña consentida donde los problemas no existían y los finales felices estaban garantizados, se había hecho añicos bajo las llantas de un camión en una carretera oscura y lluviosa.







