—Buen día —saludó un mensajero que llegó ante los tres jóvenes—. Disculpen, estoy buscando a Clarisse O’Nelly.
—Sí, soy yo —prenunció la chica un poco confundida porque no esperaba recibir algún paquete.
—Firma y huella, por favor —le solicitó el muchacho al pasarle una tableta—. Muy bien, aquí tiene.
El joven colocó una caja blanca mediana con un listón azul zafiro sobre su escritorio.
—Disculpa, pero…, ¿quién los envió? —le preguntó la chica confundida.
—Lo siento, sólo soy un mensajero. Reco